¡Quiero mi tigrito!

Conocí los placeres de Baco muy joven; no creo que haya sido la mejor manera de incursionar, pero ni modo, así fue mi historia.

Tenía alrededor de ocho años, con la inocencia que caracteriza a esa edad, cuando probé el primer vino de mi vida y estoy consciente de que no debió ser así, pero es una historia divertida sin consecuencias graves, más allá de que en cada reunión de mi familia paterna a la que asisto la anécdota sale a flote y me convierto, por enésima vez, en la burla de primos y tíos.

– Si no le das un trago al vino eres puto – me dijo uno de mis primos, quien me llevaba seis o siete años y ya era casi un adolescente en esa época.

A mi corta edad el reto lanzado era ineludible porque cuando eres niño puedes ser todo menos esa palabra que yo no entendía muy bien, pero los mayores usaban para describir a personas de poco fiar o a los “maricones” que salían en la televisión.

— Ese Miguel Bosé es muy puto — aseguraba mi padre cuando, sentados en familia viendo la tele, el delgadísimo íbero aparecía en Siempre en Domingo, moviendo el culo muy cadencioso cuando interpretaba “Don Diablo”.

Pues no soy Puto – dije categórico, tomé la copa y la bebí hasta dejarla seca.

Sentí una amargura que llenó mi boca y el paso del vino por mi esófago me dio asco, sensación breve que dio lugar a un calor agradable que subió del centro de mi cuerpo hasta mi cabeza. Mi mente se nubló y sentí un placer que hasta el momento me era desconocido.

Después de aquella demostración de mi hombría me dediqué a buscar más de ese elixir que mis primos me habían impulsado a degustar y de ahí me dirigí a las mesas y, como borracho de cantina, bebí varias copas que esperaban que sus dueños regresaran de la pista de baile.

La casi instantánea borrachera que surgió de aquella expedición atrajo la atención de mis padres, mis tíos y mi abuela. Esa noche le robé a mi querida tía, hermana de mi padre, el protagonismo de su boda; hasta la fecha es la situación más recordada de aquella ceremonia matrimonial.

— Mijito, ¿cómo estás? — exclamó mi madre al verme — mira nomás como te pusiste, háblame.

— ¡Quiero mi tigrito! — alcancé a decir antes de perder el conocimiento.

Obviamente pasaron muchos años hasta que volví a probar de nuevo alguna bebida alcohólica.

Lo más cagado del asunto es que más tarde me volví un bebedor consagrado, soy sommelier y, además, les salí bien puto.

 

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